DE PASO
Una vez más debía hacerme de todos los enseres de la cocina y de algunos muebles, los más necesarios, porque nuestra estadía iba a ser corta, dos a tres años, luego habría que volver a hacer maletas y regalar aquello que no nos llevaríamos, que era casi todo el resto: las camas, dos sofás, algunas sillas y la mesa de comer. Los veladores, que se harían de cajas de cartón revestidas con papel engomado con algún diseño, irían con la basura, cuando se cumpliera el término. La biblioteca la armaríamos de cajas de manzana, pulidas y pintadas con betún de Judea, para darles mejor acabado.
Al final, siempre estamos de paso. Aunque sea por un año, haz de cuenta que te quedas a vivir allá donde llegues. Cómprate plantas, cuadros y todos los adornos que te gusten, me había aconsejado un buen amigo. No quise escucharlo, dejar una maceta con una planta era como abandonar a un ser querido. Ya me había sucedido con un pequeño ficus con hojas muy verdes y jaspeadas y con una mata de hojas redondas y pequeñitas, cuyo nombre nunca supe. Ella se sentía feliz en su rincón de sol y aire porque creció como una pequeña cascada por la boca del recipiente de cerámica en donde la había puesto cuando era recién un tallo chico, o aquél helecho que se puso más verde y más brillante, como diciendo ¡quédense!, cuando debíamos partir.
Lo primero que hice fue mirar el periódico, en la sección de ventas. En una de las columnas indicaban: que por motivo de defunción ponían en venta todos los muebles y enseres de una casa. Era lo que buscaba. Salí temprano a ver qué podía encontrar. Cuando llegué a la dirección en un barrio residencial, ya muchas personas estaban visitándola. Encontré gente en todas las habitaciones. Supe que la dueña estuvo enferma por mucho tiempo y que los hijos querían vender todo. De entrada me concentré en aquello que no era muebles; estos eran enormes y pomposos, igual, pensé, no podrían caber en el pequeño departamento que habíamos alquilado.
Sobre una cama doble habían dejado: blusas, faldas, vestidos, zapatos, abrigos de piel y de lana, sombreros y más de lo mismo dentro de los roperos. No encontré nada interesante en este sector, la mayor parte era ropa de otra época, de cuando ella seguramente frecuentaba reuniones sociales y eventos artísticos; un piano de media cola me hizo pensar en esa posibilidad.
En la sala y comedor principal fueron expuestos como en un bazar chino los adornos de cristal, porcelana y cerámica, espejos, lámparas, cuadros, alfombras. Cada objeto llevaba su precio. No encontré nada que yo pudiera necesitar. Entré en la cocina y allá se habían abierto los cajones y la alacena. Sobre dos grandes mesones había ollas, moldes para hornear, fuentes, juego de cuchillos, ensaladeras, fruteros, manteles, recipientes de todo color y forma, varios servicios de porcelana, juegos de té de plata.
Llamó mi atención una espátula de cocina. Era de metal con mango de madera pintado de negro. La pintura estaba descascarada por el uso, por eso supuse lo útil que había sido para su dueña o para quien la hubiera usado. Lo sabía por mi madre, que había tenido una parecida, con el mango rojo. Desde que yo era una niña, cada Navidad, la usaba para levantar del mesón las galletas de miel y jengibre recién amasadas y luego, para sacarlas de la lata, una vez horneadas; sin esa ayuda hubiera sido muy difícil trasladar las delgadas formas. En el mango estaba el precio escrito con marcador: un dólar. La tomé, la compré y la guardé en mi bolso; era pequeña y al partir podría llevarla conmigo.
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