TORMENTA

 TORMENTA 

Esta mañana mi hermano Enrique y yo hemos muerto de calor. ¡Al fin!, por la tarde, tenemos permiso para irnos a bañar donde los Arteaga, que son los únicos que tienen piscina en el barrio. Cuando estamos listos para salir, un fuerte viento llena las calles de bolsas plásticas, de tierra, de hojas secas y de todo lo que pueden arrastrar las “corrientes de aire”, como le llama mi madre a ese viento que de puro fuerte parece que se queja como si le doliera la barriga o algo así. 

Ya sabía yo lo que entonces iba a suceder, las nubes se vuelven cortinas negras, un relámpago ilumina el corredor y mi madre se apura como cuando mi hermano Enrique se enfermó con algo que le dio tanta temperatura y ella llenó la tina con agua fría para meterlo allí y dijo: “está volando en fiebre”. Ella estaba tan asustada que exageraba, Enrique no volaba, pero tenía la cara más roja que un ciruelo y hablaba cosas dentro de su boca con los ojos cerrados que nadie entendía, igual que cuando discutía con su amigo Juan siempre que le ganaba en carreras. 

 En el cielo alguien pone orden y recorre muebles, muebles grandes y pesados, para cambiarlos de lugar; el estruendo termina cuando las cosas quedan en su sitio. Sé toda esta historia porque un día le pregunté a mi madre que quién hacía tanto alboroto allá arriba. Son los dinosaurios que se están mudando de casa, cuando se cansan de un lugar, buscan otro,  me contestó. Y como siempre que me quiere asustar me dijo: No se te ocurra salir, porque a veces bajan a buscar algo que se les ha caído y como son tan, pero tan grandes, no te ven y te pueden aplastar. 

Seguro que un dinosaurio está ya en el jardín, digo, para ver qué cara pone. El cielo oscuro se ilumina cada vez que un relámpago estalla. Yo me acerco al ventanal de la galería para observar si hay algo extraño afuera. Ella no me lo permite, corre todas las cortinas, una por una, repitiendo “Santa Bárbara doncella, líbranos…”. Después va apurada a su cuarto de costura en busca de unos paños negros para cubrir todos los espejos de la casa: el grande del corredor, el mediano del tocador de su dormitorio y los dos de los cuartos de baño. En seguida desconecta, uno a uno, los enchufes de la casa mientras repite en voz baja: “Santa Bárbara doncella, líbranos de tu centella, Santa Bárbara doncella…”. 

Que los dinosaurios pueden entrar al jardín o dentro de la casa para llevarse algo que se les cayó, le creí cuando escuché que la tía Corina dijo: Si no les hubiera agarrado esa tormenta en medio del campo, no hubiera pasado lo de tu Sergito…lo que pasó. De pronto se calló porque mi madre la miró con sus ojos que los vuelve como más redondos, como queriéndose salirse, como raros. Aproveché el silencio para preguntar: ¿Y si Sergio baja con ellos? ¿Con quiénes?, dijo mi madre sin dejar de mirar a la tía Corina. Con ellos, los dinosaurios, le traté de explicar. ¡Cómo se te ocurre! Sergio está en el cielo de los ángeles, más arriba, nada tiene que ver con el cielo de los dinosaurios, contestó. Entonces entendí más esto de los dinosaurios y mi hermano en el otro cielo, y la tormenta ese día de la excursión cuando yo era muy pequeño que no recuerdo nada. Seguro que los dinosaurios lo aplastaron y los ángeles lo recogieron y se lo llevaron al otro cielo.

El aguacero baña los ventanales del corredor y parece que los vidrios lloran. Luego pasa algo divertido, la lluvia no llega sola, está acompañada de granizo, unas pelotitas de hielo que se estrellan contra el techo de calamina sonando to-tóc, to-tóc, to-tóc, como un tambor, por unos minutos nomás. Después, la tormenta se va al poco tiempo. Pero ya no hay permiso para ir a la piscina. Afuera todo está mojado y ya sé quiénes han dejado sus huellas como enormes charcos de agua en la calle. 





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