LA FABRICA DE BOMBONES
La fábrica de bombones que Antonia Pervic administra con gran sacrificio y mucha disciplina, como le gusta repetir a ella, fue fundada por su padre, un croata llegado durante la segunda guerra europea. Cerca de la Navidad la demanda aumenta y Antonia sabe que tiene que estar preparada, por eso ha aumentado las horas de preparación de la masa y ha incorporado nuevos rellenos a las partidas de fin de año.
La familia de Juani y Gaby nunca tuvieron mucho, pero ahora tienen menos, por eso los pusieron a trabajar, para ayudar en los gastos de la casa. La madre hace la limpieza de oficinas, el padre está desempleado hace tres meses, Juan de doce años y Gaby de diez son grandecitos y pueden colaborar con su trabajo, se les dijo. Han sido contratados en la fábrica de bombones durante las vacaciones de verano. Trabajan en la sección de empaquetadura, en un turno de 9:00 a 12.00 y de 14:00 a 17:00 y una paga de 100Bs a la semana.
El silbido del enfisema pulmonar después años de fumar, la voz ronca y el paso marcado, anuncian la aparición de Antonia Pervic en la pequeña sala en donde le gusta revisar la calidad del trabajo de sus seis operarios. Se agacha, clava la mirada bizca, levanta las cejas negras tupidas, luego encoge los labios, pliega el bigote y los dientes grandes y amarillos aparecen amenazantes: Ya saben, si no apuran, no hay paga. Los chiquillos se estremecen, bajan la cabeza y apuran la tarea.
Hoy viernes, 24 de diciembre, a las doce, Antonia está sentada en un taburete detrás de una mesa pequeña. No hay paga si no se verifica que ningún bombón salga en los bolsillos de sus trabajadores. Así me gusta, la honradez es lo primero, repite tras explorar a cada niño; después hace la entrega del billete de cien bolivianos. No se puede confiar en la memoria, cada pago se anota en un cuaderno grasiento en donde tiene la lista de sus empleados y la cantidad de días trabajado. Juani y Gaby van de últimos. Muchacho, ven que te revise, después esperas el turno de tu hermana parado a la salida.
Es el turno de Gaby. Ella se resiste y busca evadir la revisión. Mueve sus brazos delgados para zafarse de la mano huesuda que la aprisiona. Cinco bombones caen al suelo. Antonia siente un empujón, el taburete se inclina, cae de espaldas contra el filo de la pared y queda tendida en el suelo. Los niños se miran espantados, caminan hacia el cuerpo inmóvil. Antes de dirigirse hacia la puerta, toman los cinco bombones, el billete de cien bolivianos y salen corriendo en dirección a su casa. La paga de Gaby no está en el registro de contabilidad del cuaderno grasiento.
Comentarios
Publicar un comentario